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El parto que emocionó a SpielbSTEPHEN KING (Parte IV): Carrie inside

Hola, queris. 

Seguimos. Aquí la última entrega, lo prometo. 

Dejé de sentir dolor. Qué maravilla. Recuerdo que pasaron dos matrones y me preguntaron que cómo estaba y les dije que bien, pero que no sabía dónde acababa mi culo y empezaba la cama y que parecía que estaba flotando. Y nos echamos todos a reír. Yo pedí más chutes de estos para casa, me dijeron que sí, que estás droguitas estaban muy bien. Maravillosos. 

En este momento yo no sentía las contracciones pero las veíamos reflejadas en el monitor. La verdad que esta parte fue un rollazo. Un rollazo no poder moverte, tener que estar tumbada todo el rato, no poder andar. Un auténtico rollo, la verdad. Entiendo que después de ponerte la epidural no te puedas mover pero, joder, que ni poder tumbarte de lado... Todo por los monitores, claro. Eso sí, de vez en cuando me dejaban ponerme un pelín ladeada, me colocaban bien el monitor, comprobaban que Emma estuviera bien en esa postura... ¡porque no estaba bien en todas! Menudos sustos cuando se perdía su latido, madre mía... 

Para colmo, en la sala en la que estábamos solo había una silla súper incómoda en la que Ángel pudiera sentarse. Malamente.


(Sí, en un momento dado, Ángel acabó con las piernas encima de mi cama en esta postura rosaliera.)

En este punto y como Leia estaba sola en casa tantas horas, Ángel preguntó a las enfermeras y matronas del control si podía ir a casa a dar de comer y pasear a Leia, que si tenía media hora o así, ellas le dijeron que tenía muuuucho más tiempo. A LOT.


A mí me recomendaron intentar dormir un poco pero me era imposible. Se me iba pasando el efecto de la epidural y yo me iba poniendo más chute con el botoncito mágico que te dan. Seguía dilatando muy poco a poco pero algo iba avanzando. 

Las últimas horas fueron las más difíciles. Ángel estaba agotado y no podía ni descansar en la silla. Yo estaba aburrida (se me había olvidado la existencia de Netflix, por ejemplo) y tenía sed y los labios pegados a los brackets. Para colmo, nos decían que Emma estaba mirando hacia el techo y había que darle la vuelta. ¿¿QUÉ?? Primera vez que me planteaban esto y no tenía ni idea de qué tenía que hacer. Así que me dijeron que tenía que ponerme a cuatro patas y empujar.


O sea. El cuadro de mi vida. Imagina que no sientes apenas las piernas, que te tienes que poner a cuatro patas teniendo un barrigón tremendo y sobre una cama mini. Súmale cablecitos por todas partes. Porque tenía las vías, los monitores... Vamos, un circo. No sé cómo no me caí. Entonces, me puse a cuatro patas y empujé. Empujé sin saber lo que estaba haciendo. Porque empujar con medio cuerpo dormido es raro de narices. Al final, agotada, me dejaron tumbarme de nuevo y vieron que se había movido algo. Me dijeron que intentara empujar en cada contracción y eso hice. (Spoiler: sale mal, agotada y con prolapso de recto y vejiga que notaría unas semanas después.)

Así que sí, me pasé varias horas empujando. Además, ya se me estaba pasando el efecto de la última recarga de la epidural (tuvieron que ponérmela tres veces y no solo lo de "pulsa el botoncito", no, vinieron tres veces a pincharme o recargarme o qué sé yo, pero LOS AMO), ya no me querían poner más por si acabábamos en cesárea con lo poquito que me quedaba y después de tantas horas. Así que al final, la única forma de aguantar los dolores de las contracciones era empujando. 

En este punto ya no podía ponerme de lado porque bajaban las pulsaciones de Emma así que había que aguantar. ¿Sabéis que las mujeres somos el ser superior del universo? Pues si no lo sabéis os lo digo yo. ES VERDAD.

Y, bueno, volvieron a cambiar el turno y me tocó una nueva matrona muy adorable también. La pobre me veía tan mal que me ponía paños de agua en la cabeza y además en los labios y aprovechaba para escurrirlos en la boca y que pudiera beber algo de agua a escondidas. Lo de no poder beber es matador, sabedlo. (Ya os adelanto que los que están allí contigo lo saben pero los que escriben los protocolitos no, as usual.)


En uno de los controles para ver si había dilatado y tal. Me eché a llorar porque no podía más. Estaba cansada, no sabía empujar, tenía miedo. Una enfermera se acercó y me preguntó que por qué lloraba y le dije todo lo que me preocupaba y me dijo que estuviera tranquila, que iba a poder con todo. Me dio una pedazo de charla motivacional que en mi vida. Más bonica ella, jo. 

También cambiaron de turno los ginecólogos y me tocó uno que me había visto en un par de controles del embarazo. Vio que Emma se había colocado perfectamente por fin y que ya estaba de nueve centímetros, ya eran las 13:30 más o menos, decidió que ya era hora de ir al paritorio y me dijo "intenta que yo no te tenga que tocar". Jajaja, yo no sabía lo que quería decir porque no me había enterado mucho del papel del gine en el parto pero, en resumen, que si todo va saliendo (no pun intended), no hace falta que él intervenga y el parto es lo más natural posible.


Recuerdo cuando me llevaron en esa camilla al paritorio y vi el pasillo en el que había esperado para las punciones foliculares. Hoy me emociono al recordar esas esperas frente a la puerta tan distintas, en ese momento no podía centrarme en esos detalles. 

Entonces me pusieron en el potro. Y todo fue muy rápido y muy lento a la vez. Yo empujaba como podía pero no sentía que pasara nada. Ellos me iban informando de todo. Venga, la cabeza está casi, no, que se vuelve a meter, vamos Paola, vamos, la matrona no hacía más que preguntar que qué era ese bulto que tenía y yo "YO QUÉ SÉ, ¿UN BEBÉ?" (Es que con las contracciones se veía una cosa rara, jajajajaja.)

Después de un rato, imposible determinar el tiempo, me preguntaron si quería que me ayudaran y les pedí que por favor lo hicieran. Entonces me dijeron que iban a usar un kiwi. Yo les dije que vale, no tenía ni idea de lo que era ni me hacía falta saberlo. Había decidido confiar en ellos y eso estaba haciendo. Tenía a Ángel a mi lado. Poco más podía hacer yo. El kiwi no funcionó. De hecho, creo que se rompió uno y tuvieron que usar un segundo. Tampoco funcionó. Si no hubiese estado veinte horas atada a una cama, muy probablemente les habría dicho que si la fruta o el pájaro y que mejor el segundo porque lo primero me da alergia... pero CLARO. No sé si os he dicho que se me había pasado el efecto de la epidural, ¿os lo he dicho? Pues os lo digo. Así que en esos momentos yo estaba más o menos tal que así. Pero mucho más salvaje todo.


Entonces cogieron las espátulas. Tampoco sabía lo que era. Seguí empujando, "sigue, sigue, sigue". No podía dejar de llorar. Estaba agotada, pensaba que no iba a poder (ya ves tú el pensamiento idiota, como si fuesen a dejar al bebé dentro). Y entonces lo sentí. El anillo de fuego. "Está coronando, Paola", fue el ginecólogo, que se había acercado. "No, espera, no hace falta episiotomía", era el gine hablando con la persona que estaba sentada frente a mí y a quien no pude ni ver la cara. Empuja, empuja, sigue, sigue. Viene grande, era la matrona. El cordón, corta el cordón. Emma traía una vuelta de cordón. No empujes. No empujes ahora. Empuja, empuja, vamos, ya está, vamos, ya está. Sigue, sigue. 

Salió. 

Noté ese vacío que solo algunas de vosotras entenderéis. Y la vi volando. Se la llevaron a pesarla, a medirla y todo lo demás. En ese momento no pensaba en el piel con piel, no podía sujetarme. Además, yo no lo sabía pero me estaba desangrando. Para mí fueron unos segundos eternos. De pronto todo se movía a cámara lenta. Veía a gente trabajar frente a mí. Veía a Ángel moviéndose hacía donde tenían a Emma. Pero no oía nada y sabía que todo el mundo estaba hablando. Para mí se había hecho el silencio y, de pronto, ella. Oí su llanto y volvió a latirme el corazón. Entonces yo empecé a llorar con ella. Y vi como a Ángel se le caían unas lágrimas. Y fui consciente de todo. Me había saltado la vía de la mano, estaba sangrando. Me estaban intentando poner otra vía (lo probaron hasta en cuatro ocasiones, en antebrazos y manos, pero no había forma). Yo creo que el corazón me latía con tanta fuerza que las venas estaban de fiesta y no había quien las atravesase.

Entonces me pincharon algo para parar la hemorragia porque no dejaba de sangrar. Me dieron puntos por un desgarro interno (no sé cuántos, la verdad, no pregunté). Y oí: 2,765 kg. ¿Cuánto? ¡Pero si se veía grandota! Decía la matrona. Sí, Emma era muy redondita pero también muy peque. Entonces me giré y miré a Ángel y le pregunté lo más tonto de la historia "¿cómo tiene el pelo? ¿y las orejas?" Tiene mucho pelo y negro, me contestó. 

Y sí, también tiene mis orejas.

Mi pequeña sacó un 10 en el Apgar, ya perfecta desde el primer segundo y no lo digo porque sea yo su madre ni nada, las notas ahí están, señoría.

El gine se acercó para despedirse y le di las gracias. Me dijo que nada, que lo había hecho yo todo. Yo no dejaba de llorar y no dejaba de dar las gracias a todo el mundo. Recuerdo a la enfermera que había hablado conmigo para animarme cuando estaba llorando en la sala de dilatación acercarse y decirme "¿ves? ¿ves cómo podías?" (sí, yo también estoy llorando ahora mismo) y yo que no podía decirle más que gracias y gracias y gracias.

Entonces me trajeron a Emma y dije que no podía cogerla, que me daba miedo porque estaba muy cansada (aún estaba en el potro), y se la dieron a Ángel y la vi en sus brazos, a nuestra pequeña. Y mi corazón se saltó un latido, como les pasa a veces a los norteamericanos. Mientras yo decía que estaba agotada, el gine enfadadísimo decía "es que es una vergüenza, las matamos de hambre y luego queremos que empujen". QUE LE DEN UNA MEDALLA A ESE SEÑOR, POR FAVOR.

Y me pasaron a la camilla por fin mientras alguien no dejaba de mirar el suelo y decir "dios mío, qué gore, qué gore, por favor" (la lié un poco, por lo visto). Entonces me la pusieron al lado. Mi pequeña. Era tan pequeñita. Han pasado seis meses y ahora me parece tan gigante como el trozo de corazón que me arrancó ese día. 

Volvimos a la sala de dilatación y la puse al pecho y se enganchó como si lo hubiera hecho toda su vida.

Eran las 14:00 del 7 de enero. Casi 24 horas desde que rompí aguas. Han pasado seis meses y parece que lleváramos toda la vida juntas. Me quedo sin palabras para describir este amor.

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